Tica Pata'e Perro

Perdida y hallada y vuelta a perder: Estrasburgo

Salí de París con mucho estrés por haber pasado más tiempo perdida que disfrutando las bellezas de la ciudad. No es que del todo no lo haya disfrutado; París es una ciudad fascinante que tiene mucho que dar pero la gran mayoría no se aprecia una vez oscurecido. Lección aprendida y ahora le debo otra visita. ¡Ni modo!

Mi siguiente parada era como viajar a un cuento de hadas. Alsacia es una zona ubicada al este de Francia, la cual cuenta con varios pueblitos muy llamativos, entre los principales destacan Estrasburgo, Colmar y Mulhouse. Entrar en ellos es convertirse en la vecina de La Cenicienta o Bella antes de casarse con la bestia (no es sarcasmo ¡Lo juro!) Si ya de por sí son preciosos, ir en época navideña aún más.

Yo encontré un Airbnb a muy buen precio en Mulhouse, que aunque no estaba tan cerca de Colmar y Estrasburgo, llegar ahí sería fácil. Opté por usar Bla Bla Car (algo así como un Uber colectivo, bueno, bonito y barato) por precio y tiempo y la verdad que es una excelente opción muy utilizada por locales y turistas, bastante recomendada. ¡Me dormí casi todo el camino!

Hicimos una parada de esas como cuando uno va pa’l Puerto. Estirarse unos 15 minutos, tomarse un café, ir al baño, etc. Le pregunto al chofer por el baño y me dice que está a la vuelta, y claro yo andaba todavía medio ruliada, tons voy y me meto en el que está justo a la vuelta… que resultó ser el de los hombres. Me di cuenta por el mae que estaba lavándose las manos y el otro que se estaba cambiando de camisa quienes se me quedaron viendo con cara de ¿¿qué putas??

Al llegar a Mulhouse, además de que moría de hambre, quería llegar derechito a mi cuarto y luego ir a caminar por la ciudad. Había estudiado en Google Maps el camino y era suuuuper fácil, pero por alguna razón estando allá la aplicación me cambia la ruta (era como una broma cruel del destino) y me desvía qué sé yo por donde… Ya empezaba a oscurecer y yo a desesperarme. ¡De nuevo estaba perdida! Me detengo en una esquina para tratar de entender el mapa y ver si podía llegar por mi propia cuenta (¡jupona que es ella!) porque de por sí que no había nadie a quien preguntar. Bueno, casi.

Un señor iba pasando y me pregunta, supongo yo, que si necesitaba ayuda. Digo supongo porque mi francés es mínimo como lo recuerdan en Perdida y hallada y vuelta a perder en París pero todos tenemos formas de hacernos entender. El me enseñó su celular, la foto de sus hijas y esposa y me hizo señas de que esperara un momento. Luego llamó a su casa y yo solo entendí palabras sueltas como Google y el nombre de la calle donde me dirigía, por último me dijo que no tuviera miedo, que él vivía cerca de ahí, que recogería el carro, a una de sus hijas y me llevaría. Puedo imaginar el pensamiento de cada uno de ustedes, pero tenía dos opciones. Seguir perdida o seguirlo a él de forma cautelosa las 2 cuadras hasta su casa. Llegando ahí tomó las llaves del carro, a una de sus hijitas, y subió mi maleta, puso el GPS y en marcha a mi hospedaje. Irónicamente el apartamento estaba a unos 600 metros de donde ese señor me encontró. Hasta el día de hoy no dejo de enviarle bendiciones cada vez que recuerdo el gran favor que me hizo.

Al día siguiente me fui tempranito a buscar el tren para ir a conocer Colmar y Estrasburgo. Decidí empezar por el segundo porque Colmar quedaba más cerca y según yo, sería incluso más fácil de volver; sin embargo, me entretuve tanto en Estrasburgo que no alcancé a ir a Colmar.  En realidad me perdí de nuevo buscando la estación de tren, pero cada esquina tenía un encanto especial que la verdad me importó poco. Prefiero calidad a cantidad, y es que ambas ciudades tienen su «je ne sais quoi».

Cansada y con frío pasé por algo de comer y a dormir que mi camino continuaba al día siguiente.

Volví a tomar el tren a Estrasburgo y de ahí me iría en otro Bla Bla Car para Múnich. Salí con buen tiempo para no andar en carreras, almorzar tranquila y disfrutar «al suave» una última vez de esa ciudad tan preciosa. En lo que estoy almorzando me llega un mensaje del conductor diciendo que saldría 15 minutos antes. Todavía me quedaba tiempo, pero para «no correr» pedí la cuenta y que me empacaran el resto de comida y me fui. Me lo comería con calma en el carro.

Sigo el mapa, todo muy bien, hasta que me indica el nombre de una calle en la aplicación, y en la vida real era otro. Camino una cuadra más, nada… Camino otra más y doblo a la derecha buscando la salida, pero nada y ya sin conexión no sabía ni donde estaba. ¿Sería que iba a perder el viaje, la plata y más tiempo? ¡Yo y mi suerte de $&#*!

Cuando logro salir del Old Town, le pregunto a un par de polis que estaban a la entrada. Me dieron las indicaciones claras y ahora sí papá, ¡corra! No es vara, gente… ¡Salveque al hombro y la maleta de rodines alzada, en botas, y ni un sátiro me alcanzaba! Si me preguntan la ruta, no sé. Solo sé que mi memora fotográfica me salvó la tanda porque el mae del bla bla car me esperaba a un costado del hospital y yo el día anterior estuve jeteando por ahí. Corrí sin detenerme excepto cuando vi el nombre de la calle donde me estaban esperando el «chófer» y el otro pasajero.

Los vi de lejos y ellos a mí. Cuando vi al chofercito nada más dije Oh my God! (a los seguidores de friends, leanlo con voz de Janice). Osea, a ver si me explico. Yo llegué al punto indicado echa una desgracia, empapada en sudor, roja como p… un tomate y el pelo ni me lo recuerden que cuando lo ando decente el infeliz se ve despeinado, saquen cuenta después de semejante  maratón. Casi lloro de la felicidad y la VERGÜENZA, pero me subí al carro y me hice la maje.

Para los que no les ha caido el 20, el chofercito estaba re-guapoooo. Como me lo recetó el doctor. Aquel cuerpo 1,85 aprox, una mirada pícara, sumamente amable y una sonrisa de esas que hacen que una se tenga que agarrar los calzones porque cuando se dio cuenta, los lleva por la rodilla. Tras de eso el jeticas no fuma, habla 5 idiomas, lo malo es que ninguno de los 5 era inglés ni español. El único defectillo era el nombre Sevdzhan, tons ni le pregunté el apellido y le dije Sir todo el camino.

El guapote ese, para poder comunicarse con el otro pasajero y conmigo, usaba Google translator. Entre frase y frase me dijo que cada uno iba a poner música de su país, que había una que él sabía que era de mi región y me puso «Despacito» (¡qué falta hacen los emojis aquí!)

Les comparto la evidencia desde mi canal de YouTube:

He escuchado varias veces la frase «la barrera del lenguaje», pero cuando uno quiere de verdad comunicarse con otras personas, logra hacerlo. Fueron viajes largos, pero muy divertidos incluso con la dichosa canción esa. Es cierto que sentí mucho estrés en Francia, pero al mismo tiempo fue el país que me enseñó que en el mundo no solamente hay gente mala, asesina, también hay y en mayor cantidad seres humanos bondadosos dispuestos a ayudar en cosas insignificantes como hacerte reír y no tan insignificantes como ayudar a que llegues bien a tu destino.

Dedico este artículo a Maria Trinidad (Mermaid), Arantxa, Marina Menegazzo y María José Coni y a otras turistas cuyos sueños de conocer el mundo fueron truncados por «viajar solas». QEPD.

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